Julio 31, 2007

Historias duras del consumo

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Los adictos al paco han perdido el rumbo, pero no se quieren bajar. Habitan más allá de los márgenes y andan caminando encorvados, vestidos con huesos vivos. Un cronista del NO recorrió ese lugar donde todo va a parar a la balanza y las redes de contención se rompieron hace rato.

Les dicen “San la Muerte”. Están flacos, raquíticos, sus caras están chupadas, caminan encorvados y los brazos les cuelgan casi hasta la rodilla. No les queda nada, muchas veces venden hasta su propia ropa, los sueños los vendieron hace rato. Parecen linyeras, no se bañan.

 El paco o bazuco, la gilada o la base, la porquería: así le llaman a la droga más adictiva, mortífera y barata del momento.

 No importa el territorio. Todos saben de qué se trata. Julio Denis tiene veintipico de años, la cara huesuda, sus ojos marrones revolotean, fuma un tabaco tras otro, no para de hablar y en esa catarata de palabras increpa a su amigo Facundo por ser adicto al paco.

Tiene bronca y dice que los pibes se están matando, que así como están no sirven para nada más que para regalarle guita al transa. “Muchas veces vimos cómo llegan a transar una parrilla para hacer asado, roban la ropa que cuelga de la soga en un patio o alguna mascota, un perro o una tortuga”, en una charla con adictos y consumidores ocasionales de la pasta base,.

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