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El erytroxilon coca u hoja de coca ocupa un lugar central en la vida ritual, social y económica de los pueblos andinos.

Estos la habían empleado obedeciendo a signos y tradiciones ancestrales. Pero el "progreso" convirtió la hoja ritual en cocaína que es uno de los catorce alcaloides de la coca.

Como sustancia fue aislada por Nieman en 1886 y se usó en medicina por veintiocho años, hasta que fue prohibida al comprobarse los daños que causaba.

El sulfato de cocaína, más conocido como "la pasta", es producto de la transformación de la hoja de coca en la cual se macera y pulveriza para someterla a un tratamiento con solventes como alcohol, parafina o bencina, carbonato de sodio y ácido sulfúrico.

La pasta base produce una euforia instantánea acompañada de una aceleración del metabolismo. Pero su efecto estimulante no dura más de veinte minutos tras lo cual sobreviene un sopor angustiante, un estado de ansiedad intenso que sólo termina al inhalar otra dosis.

El siquiatra y director del Departamento de Salud Mental del Ministerio de Salud, Alberto Minoletti, señala que esta adicción afecta principalmente a los neurotransmisores -agentes activos del Sistema Nervioso Central (SNC)- que inhiben o excitan ciertas zonas del cerebro.

El insomnio y los trastornos del sueño son algunos efectos provocados por la pasta. Otros son los cambios repentinos en el estado de ánimo, la ansiedad compulsiva y graves problemas que afectan la memoria.

"La pasta base daña notablemente desde el punto de vista conductual porque activa artificialmente los sistemas de recompensa y de refuerzo, provocando sensaciones muy placenteras e intensas", explica el doctor Minoletti.

El principal problema de la pasta es la destrucción progresiva del cerebro. "Las neuronas no se recuperan y puede haber etapas en el desarrollo de la personalidad que no se cumplen. Además se pierden, progresivamente, habilidades como la de relacionarse, de trabajar o estudiar. También puede producir, en algunos casos, graves deficiencias cardíacas".

COMO EL COLO COLO

Mientras conversa, Cristián Pinto manipula la pipa cuidando no dejar caer la ceniza que servirá de "cama" a otra dosis. Usa la ceniza, según explica, para que la pasta no se evapore al momento de encenderla.

"Aquí adentro -indica- se va juntando la resina. Te la podís fumar sola o la juntai con más pasta. Si la juntai con pasta se llama Colo Colo, por lo negro y blanco".

Saca otro papelillo y deposita en la pipa un resto de polvo, pidiéndole a uno de sus amigos su cigarrillo para agregar un poco de ceniza a la preparación. Y de una sola y sonora bocanada acaba con el resto de la droga. Después recuerda: "Cuando me apuñalaron... eso me salvó... Perdí cualquier sangre, me llenaron con suero y sangre nueva. A los dos días me veía bacancito, estaba desintoxicado. Después empecé a trabajar,era yo... era el Cristián Pinto... Ahora no, no soy".

El Memo, otro del grupo, escucha atentamente la confesión de su amigo. Después, respetuosamente, lo interrumpe: "Yo fumo porque es una cuestión de sentimiento; para vivir el momento, la situación que estoy pasando, la circunstancia".

El Memo tiene 31 años pero aparenta más de 40. Está cesante hace dos años. Sin atender a las sombras que inquietan a Cristián, el Memo comienza a cargar su pipa: un tubo de bronce encajado en un codo de cañería. En un extremo se abre en una tuerca que hace las veces de hornilla, cuyo círculo está cubierto por una agujereada lámina sujeta a los bordes de la tuerca con una huincha aislante.

Memo habla pausadamente. Admite que sus padres "son el fundamento de lo que soy". Pero de inmediato confiesa: el desbrillao soy yo. Me dieron educación pero soy güeón. Lo más terrible es que la pasta me comió la memoria". Confiesa tener problemas con el sexo. Explica que el deseo ya no se manifiesta como ocurría antes, cuando estaba fuera de la droga.

El joven poblador también ha perdido valores: "He perdido la lealtad a los que quiero, la fidelidad, he perdido el honor", afirma luego de inhalar una dosis, dejando en el aire ese olor punzante a plástico derretido.

A veces la pasta viene adulterada. Los traficantes agregan a las dosis otras sustancias para hacer rendir los papelillos. "¿Se acuerdan del loco que murió? -interroga el Memo a los que asienten con la cabeza-. Una vez le pusieron estricnina a un loco y se fue en sangre", dice y se queda como recordando algo. "La cuestión es seguir y seguir; nunca te sacea. Te lleva al abismo. Lo más terrible es que con la pasta no te da hambre, te deshidrata y no te da por tomar agua".